Si empezará arder por ejemplo desde abajo, arrasaría con el vago recuerdo de vaporosos decorados Rococo, sepultaría del todo el arco de herradura del primer románico peninsular y olvidaría lo que significó el Suprematismo ruso y el pobre Duchamp. Si el fuego continuará extendiéndose hacía la izquierda, Javier Marías quedaría por siempre jamás desterrado en Londres y Tolstoi en Siberia, Filemon y Baucis no serían frondosos árboles que se acarician en los días de viento, y la tristeza de toda una tarde no quedaría recogida en la frente de una hermosa dama.
Si el fuego avivase, Greta Garbo nunca subiría al tren que la condujo de San Petersburgo a Moscú, Cary Grant no salvaría a Ingrid Bergman de un triste envenenamiento y Woody Allen finalmente se habría ido a vivir a Los Ángeles.
Tampoco el fuego permitiría que Laetetia Sadier hubiese cantado alguna vez a los soviets, Devendra Banhart a la luna y Daedelus no homenajearía a Icarus. Chris desde la K-Oso no daría voz a todas nuestras semiocultas y tristes melancolías rodeadas de ensoñados paisajes invernales (¡Cuántas auroras boreales hubiesen quedado desterradas!).
Si mi biblioteca ardiera esta noche rendiría homenaje a un viejo amigo que me enseñó lo que significa una biblioteca propia, de uno. Aquí un verso de Luis Rosales que un día me escribió: "Y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo porque todo es igual y tú lo sabes".
Por último si mi biblioteca ardiera esta noche (todo y nada se llevaría, porque la ficción como el recuerdo, no habita ni se guarda en estanterías) recogería sus cenizas y las guardaría como testigo de aquello que alguna vez conocí, sentí y leí.
Si empezará arder por ejemplo desde abajo, arrasaría con el vago recuerdo de vaporosos decorados Rococo, sepultaría del todo el arco de herradura del primer románico peninsular y olvidaría lo que significó el Suprematismo ruso y el pobre Duchamp. Si el fuego continuará extendiéndose hacía la izquierda, Javier Marías quedaría por siempre jamás desterrado en Londres y Tolstoi en Siberia, Filemon y Baucis no serían frondosos árboles que se acarician en los días de viento, y la tristeza de toda una tarde no quedaría recogida en la frente de una hermosa dama.
Si el fuego avivase, Greta Garbo nunca subiría al tren que la condujo de San Petersburgo a Moscú, Cary Grant no salvaría a Ingrid Bergman de un triste envenenamiento y Woody Allen finalmente se habría ido a vivir a Los Ángeles.
Tampoco el fuego permitiría que Laetetia Sadier hubiese cantado alguna vez a los soviets, Devendra Banhart a la luna y Daedelus no homenajearía a Icarus. Chris desde la K-Oso no daría voz a todas nuestras semiocultas y tristes melancolías rodeadas de ensoñados paisajes invernales (¡Cuántas auroras boreales hubiesen quedado desterradas!).
Si mi biblioteca ardiera esta noche rendiría homenaje a un viejo amigo que me enseñó lo que significa una biblioteca propia, de uno. Aquí un verso de Luis Rosales que un día me escribió: “Y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo porque todo es igual y tú lo sabes”.
Por último si mi biblioteca ardiera esta noche (todo y nada se llevaría, porque la ficción como el recuerdo, no habita ni se guarda en estanterías) recogería sus cenizas y las guardaría como testigo de aquello que alguna vez conocí, sentí y leí.
Rara vez tras finalizar una lectura o una película experimentamos un sentimiento cercano a la purificación: lo visto o leído remueve nuestros sentimientos, los agita y los purifica y, tras unas cuántas lágrimas (si es que las hubo), desaparece un complejo, un miedo, una angustia... A mi me paso hace mucho tiempo con una película de Billy Wilder "Bésame tonto": había dos mujeres y dos hombres completamente distintos, que por un día intercambia los papeles pero sin arrastrar las consecuencias de la noche anterior. Me conmovió la facilidad con la que los protagonistas abandonan sus rolles y asumían otro que era contrario al suyo, al cotidiano.
Hace un par de semanas que intento concluir un sentimiento que me embarga (y entristece) pero no encuentro la forma de hacerlo.
Aunque no me gustan los cambios (siempre me han conmovido las personas que no necesitan salir de sus pueblos y hablan, no obstante, con entusiasmo del exterior) y soy bastante proclive a aferrarme al tiempo pasado -¿realmente hubo uno mejor?-, no puedo ignorar el hecho de que hace tiempo a mi piel empezaron a salirle escamas.
Aunque cambio de pellejo, sigo siendo yo, como Kafka cuando lo dejaron solo en su cama. Sin embargo para Warhol lo profundo se hallaba en la superficie, en la piel.
Hay épocas en que involuntariamente comienzo a caminar de puntillas, dejando mi talón al descubierto. Se podría decir que, como Aquiles, muestro mi vulnerabilidad desde el suelo (me mantengo en equilibrio con mucho esfuerzo).
Un buen día, cuando aún tus talones no pisan del todo, te invitan a una fiesta, y sin dudarlo, (a quién no seduce tomar champan bajo un cielo estrellado) acudes pensando qué tal vez abunden los asientos.
Pero resulta que el juego de la silla ya ha comenzado. No un rato antes, ni siquiera el mismo día. Viene de muchas fiestas atrás.
Mientras espero la siguiente ronda no puedo evitar fijarme en las personas que están sentadas y de qué modo (si encima de, compartiendo con, evitando a...) para después descubrir quién quito su asiento a, quién desearía estar sentado con, o quién se quito de debajo de. Incluso quién desearía levantarse porque le empujan sus.
Talones. En la última observé que los tacones además de elevar un par centímetros los hombros, también sostienen y cubren debilidades. Entoces me acordé de Aquiles, y de su talón, y mire los mios aún al descubierto.
Volverás a casa por vacaciones y te enfrentarás a tu antigua estantería de libros, discos y películas grabadas en VHS (en mi caso) de un viejo programa de cine que echaban por televisión. Creo que si ahora escuchará la melodía de Qué grande es el cine alguna lagrimilla asomaría. Reconozco que desde siempre lo que más me ha interesado de ese programa eran las tertulias post película (selección de planos, idiosincrasia de los personajes, cómo se rodó tal escena…), al principio porque no entendía nada, y luego porque sí. El verano del 2000 fue determinante para mi incursión en el cine clásico: Los mejores años de nuestra vida, La dolce vita, Vivir su vida (la primera vez que vi ésta película intuía que estaba ante algo rompedor que se alejaba de las anteriores películas vistas en aquel programa, pero no sabía determinar en qué, al fin y al cabo, se trataba de una película antigua, en blanco y negro y de gangsters) y supongo que alguna más por cuenta propia, tal vez, Manhattan de Woody Allen y Encadenados de Hitchcock.
Vuelve el verano con sus incontables noches estrelladas, y yo ya se lo que haré: leeré Guerra y Paz (ya me encanto Anna Karenina), miraré viejas películas, casi seguro La ventana indiscreta (mientras escribo este post me he encontrado con el debate que no pude ver cunado la emitieron en su día), y me terminaré la tercera temporada de Doctor en Alaska. Y tal vez, sólo tal vez, me atreva nuevamente a mirar de cara a mi antigua librería repleta de libros de historia del arte y me enfrente al renacimiento italiano (tal como ya ocurrió hace 7 años cuando me dejé esta asignatura en mis primeros exámenes de septiembre), y a algún libro de estética como Los placeres de la imaginación.
Pensamos que el verano (estación que debería cambiar de nombre para los que ya han cumplido los veinticinco pues nunca volverá a ser esa época estival de noches infinitas para estudiantes remolones), nos dará coartada suficiente para ponernos al día con nuestros antiguas aspiraciones pero cuando te enfrentas a ellas no tienes estrategias y te rindes tan pronto se presenta alguna dificultad.
Cuando estoy desilusionada y algo abatida, me da por pensar que por qué martirizamos con semiescondidas añoranzas. Quizás no sean tales, quizás arrastremos un capricho de juventud.
Una vez me dijo mi padre mientras hacía los deberes para la escuela algo distraída: "Inma quien siembra recoge". Los renglones de mi cuaderno se transformaron en campo y las letras en semillas
Te equivocas y escribes mal una fecha antes de comenzar a tomar apuntes en clase, rellenando una solicitud o tecleando un mail. En vez de poner 26 de junio del 2008, escribes 26 de junio del 2080: un rápido y fácil calculo mental (2080-1981=99 años) y acto seguido tu mirada se torna melancólica mientras te preguntas: ¿estaré viva en el 2080? La duda consuela y continúas sin más con la tarea que tenías entre manos.
Es peor cuando en lugar de equivocarte en muchas décadas te equivocas en un par de siglos (¿qué tal el año 2300?). Entonces es cuando, de golpe, esa hipotética fecha te empuja, como si se tratase de un zoom de película, durante milésimas de segundo, a un futuro lejano que observas con los ojos muy abiertos pero sin ver ninguna idea concreta. Regresas, pues, con una mezcla de sentimientos contradictorios (melancolía e incredulidad, pesar y ligereza), y algunas cuestiones obvias (¿cómo será el hombre del siglo XXV?, ¿qué pasará con nuestras ciudades?... pero ¿habrá entonces mundo?). Al final una triste sonrisa se dibuja en tu rostro mientras te preguntas: y a mí qué si no estaré, a mi qué si no sufriré, según decía hace ya unos veinticinco siglos Epicuro, cuando mencionaba que "la muerte es sinónimo de perdida de sensaciones. No hay que temer, pues, el post mortem como tampoco la idea de muerte porque mientras vivimos no nos afecta, y cuando se impone no causa dolor"
Como no todos somos tan racionales y lógicos como desearía Epicuro, me quedo con una frase que leí en una entrevista de Félix de Azúa en El País: a medida que envejecemos nos importa menos morirnos, la juventud es un período narcisista: lo jóvenes se sienten únicos pero una vez que va pasando el tiempo esta sensación desaparece.
Dedico una oda a la mediocridad, pero a la mediocridad sincera despojada de altanería, pretensiones, alardes. Rindo tributo a la mediocridad ética, rigurosa, disciplinada y académica, esa que se confunde a menudo con humildad, y que sirve de marco, relleno o contexto, a grandes ideas. Pienso, por ejemplo, en teóricos que basan sus estudios en datos, en eruditos satisfechos, en músicos maestros, en alumnos metódicos, en pintores medios…
Mirando a la mediocridad desde la mediocridad se comprende el alcance de ésta: cohabitar con nosotros y describir nuestro contexto, como por ejemplo, esas pinturas que cuelgan en nuestro salón, o los grupos locales que descubrimos en pequeños conciertos, o la novela de tu mejor amigo… todas estas creaciones, tienen como común denominador que nos pertenecen, nos describen y nos entretienen
El brillo, la originalidad y la excelencia que caracteriza a las obras de arte, tan pronto las eleva a otras esferas como las aleja de la nuestra. No hay que huir de la mediocridad (se tiene o no se tiene), sólo hay que crear, aunque sean obras mediocres, o bien por que lo son…
Pienso en un futuro lejano, cuando ya no estemos, y tal vez sí permanezca ese libro que te decidiste a escribir, sin valor alguno, o los poemas de ese poeta del barrio que se fue entre cenizas…o la caja que hiciste para guardar calcetines. Todas las creaciones son parte de la cultura material de la época… y ¿a quién no seduce la inmortalidad que otorga la arqueología?